César  Santivañez | Director editorial, Future Fiction Magazine en Español

 

Queridos amigos de New Golden Age:

No acostumbro a escribir cartas, pero creo que esta es una buena ocasión.

Soy seguidor de su revista desde el primer número. Recuerdo cómo estaba el mundo por aquel entonces, tan lejos de la estabilidad que nosotros, los patriotas, ayudamos a construir. El asunto es que, antes de que New Golden Age apareciera en escena, teníamos que conformarnos con toda esa basura progresista escrita por latinos, árabes y homosexuales. No veía futuro en la ciencia ficción (¿captan la ironía?). Pero entonces aparecieron ustedes. No voy a negar que al principio me costó leer escritores IA, pero ver en la portada los nombres de Anderson, Niven, Pournelle y otros genios de la imaginación hizo que terminara acostumbrándome. Hoy es como si los grandes maestros siguieran entre nosotros, y ya es casi imposible notar la diferencia con sus textos originales. Gracias por eso.

Aprovecho para decirles que sigo comprando la edición impresa, aunque me cueste el doble y llegue con dos semanas de retraso. Ya sé que soy de los pocos. A mi edad uno no quiere que le hagan preguntas al terminar un cuento, ni que le acomoden el final según cómo se siente ese día.

Pero es respecto a Heinlein-IA de quien quiero hablar. O, mejor dicho, respecto a su cuento La cruz en llamas, publicado en New Golden Age N° 52 (julio 2034). Es un texto magnífico, no me malinterpreten, pero creo que el hecho de que los insectos ganen la batalla y expulsen a los colonos no tiene nada que ver con el tipo de literatura que sus lectores disfrutamos. Hablo de la edición impresa, claro. ¿Dónde está el honor, el deber, la valentía? Me es difícil explicar lo que sentí cuando, hacia el final de la historia, el coronel Stanton observa a sus mejores hombres siendo masacrados por el enemigo, desde la pequeña nave en movimiento.

Les cuento algo muy personal. Serví en las tropas aliadas durante la pacificación de Lima en el 2030. Para muchos era una misión suicida, pero era nuestra misión, aquello para lo que habíamos sido entrenados: limpiar a Latinoamérica de una peste incluso peor que el comunismo. Durante aquellos días me animaba leyendo las historias de su revista, donde el orden y la libertad terminaban prevaleciendo ante cualquier acto de barbarie. Esa es la importancia de un buen final, y fue lo que entendimos entonces. Nos empujó a no rendirnos en nuestra cruzada por construir un mundo mejor para los americanos y el resto de ciudadanos del planeta.

Entonces, volviendo a La cruz en llamas, ¿por qué decidieron incluir un cuento tan alejado de lo que normalmente publican? ¿Consideran que Heinlein hubiera podido escribir algo así en vida?

Sigan con el gran trabajo. Seguiré disfrutando de la revista número a número y recomendándola a los amantes de la verdadera literatura especulativa.

Roy T. (Spokane, WA)

Querido Roy:

Gracias por tus palabras. Hemos recogido la preocupación de otros lectores de New Golden Age, quienes, al igual que tú, nos hicieron llegar su incomodidad por la historia de Robert Heinlein-IA publicada en nuestra edición de julio.

Al respecto, debemos señalar que se trató de un error técnico. Uno de nuestros editores junior (cuyo nombre preferimos mantener en reserva) alimentó a nuestros agentes de inteligencia artificial con información errónea. Eso alteró el flujo de generación del texto. Somos conscientes de que el Heinlein original jamás hubiera escrito algo similar.

Nuestro compromiso siempre será con nuestros lectores, de quienes estamos profundamente orgullosos. Conocemos el poder de nuestras historias y la importancia de resguardar un mensaje de paz y libertad que refleje los ideales de los americanos y de todos los habitantes del planeta.

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Max nunca bebía, y sin embargo ese día salió de la cocina con un vaso de whisky. Era tarde, y aún tenía el cabello húmedo por la niebla. Juliana, ovillada en el sofá, levantó la mirada de su libro y lo vio avanzar hasta quedarse inmóvil delante de la biblioteca.

  • Es muy tonto —dijo Max —. ¿No te parece que es muy tonto?

— ¿Qué, cariño?

— Saber que esta biblioteca terminará devorada por el moho, y aun así seguir comprando libros. ¿Qué sentido tiene?

— Vi que los deshumidificadores están en oferta. Podríamos comprar uno.

— Y el polvo. También está el polvo en las páginas. ¿Sabes? La semana pasada intenté leer ese libro de Krenak que está allá arriba, y no paré de estornudar. Lo oreé, lo sacudí, pero al final estornudaba tanto que le llenaba las páginas de saliva, y me pareció asqueroso. Ahora está nuevamente en su lugar, y ahí se va a quedar. Lo mismo podría haberlo tirado a la basura, porque no pienso tocarlo nunca más. Digo que es inútil seguir guardando todo esto.

— ¿Y entonces?

Max bebió un sorbo de whisky.

— Podríamos donarlos. Al menos los de los estantes superiores. Hay gente que los podría utilizar. Qué sé yo, bibliotecas públicas.

— Si te parece, pues adelante. Pero hazlo con tu mitad.

— No te preocupes. Además…

— ¿Además qué?

Max volteó a mirarla. Juliana tenía en las manos una copia figital de Ender’s Game. Era la tercera vez que la leía con la opción de trama dinámica activada. La tinta electrónica desapareció por un segundo y volvió a llenar la página. Juliana sonrió. Para esta variación de la historia, el libro había generado una portada con un planeta en el centro de una retícula de puntería. La retícula parpadeaba.

Max posó el vaso medio vacío sobre uno de los estantes. Los hielos chocaron entre sí. Era lo último de la botella que le habían regalado por sus treinta años en la editorial, la noche del plato conmemorativo. Por una vida dedicada a las letras, decía. Y una mierda, pensó él. Camino a casa, dejó el plato en el taxi.

— ¿Y quién te dice que en la biblioteca pública sabrán cuidarlos? Me refiero a los libros — dijo Max —. Quizás terminen cubiertos bajo una nueva capa de polvo y ya.

— Es lo más seguro. Lo peor es que tienen presupuesto para mantenimiento, pero no saben qué hacer con él. ¿Te acuerdas de Betty, la chica del Oxxo? Bueno, pues un tiempo trabajó en una de esas tiendas de aspiradoras estadounidenses. Hay unas de inteligencia modular, para limpiar espacios estrechos. Lo hacen desarmándose y volviéndose a componer. Avanzan como arañas y se cuelan en los rincones, quebrándose en pedazos. Cuando me lo contó, la imagen me dio mucha impresión. ¿No te da impresión?

— Sí, me da impresión.

— Escucha, creo que esto no te lo había contado antes — Juliana cerró su libro. La portada se transformó en un wallpaper floreado. — Resulta que el Archivo de la Nación compró una de estas aspiradoras modulares. Al cabo de una semana, la máquina desapareció. A Betty le tomó días rastrearla. ¿Y sabes dónde la encontró? En el Parque de la Exposición, viviendo con una colonia de ardillas. Al parecer habían llegado a un acuerdo.

— Ajá. Sí, recuerdo algo sobre una Betty.

— Bueno, resulta que Betty se puso del lado de la aspiradora. ¡Imagínate! Armó tal escándalo en el Archivo, que la tienda se deshizo de ella al instante.

Max avanzó hasta el sofá y le acarició los hombros. Estaban tibios.

El eco de un griterío se coló desde la calle. Ambos se asomaron por la ventana. En la acera, un grupo de vecinos discutía con una mujer y su hija pequeña. A juzgar por las bolsas de basura despanzurradas frente a los edificios, alguna mascota había perdido el control. El viento empujaba calle abajo los papeles sucios, que al llegar a la esquina formaban un remolino antes de dispersarse en la niebla.

— Qué animal tan asqueroso — dijo Juliana, pero sonrió.

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Estimados editores de New Golden Age:

Los leo desde el primer número, y siempre he defendido a la revista de las críticas habituales contra los escritores IA. ¿Qué clase de lectores de ciencia ficción seríamos, si no aceptáramos que las grandes ideas también pueden provenir de inteligencias no humanas?

Pero me temo que esta no es una carta elogiosa. Escribo para señalar algo que no puedo pasar por alto. Creo que New Golden Age N° 52 (julio 2034) es un número que pasará a la historia, y no por las razones correctas.

Muy a mi pesar, el cuento El segundo método (Arthur C. Clarke-IA) tiene muy poca ciencia y demasiada ficción. He compartido la historia con mis colegas, y hasta el momento solo he cosechado cejas levantadas. Me explico: programas como el Yuegong-5 (donde trabajo) tienen por objetivo optimizar la producción agrícola en la Luna, donde al día de hoy ya se cosechan tomates, berros y mostaza. Pero el reto principal sigue siendo el suelo lunar, con sus altos niveles de metales pesados, su pésima retención de agua y sus cero nutrientes orgánicos. Hasta aquí los hechos.

Y ahora, mi crítica a El segundo método. En la historia de Clarke-IA, los ingenieros de ecosistemas controlados visitan a un antiguo sacerdote tiwanaku en un pueblito perdido de los Andes bolivianos. Este, lejos de darles el fundamento técnico de la solución a sus problemas, les hace participar de un ritual de comunión con la tierra para explicarles la regulación térmica, el reciclaje de nutrientes y el funcionamiento sin energía externa. Telas, sacrificios animales y hojas quemadas en lugar de hipótesis, experimentación y control. Esto es chamanismo, contrario a todo procedimiento empírico verificable. Y peor: los científicos terminan tirando por la borda años de experimentos y dando por válida la construcción de campos elevados… ¡a través de una comunión mística con la Pachamama! ¿Realmente estamos negando el método que ha sostenido a nuestra civilización desde hace cuatrocientos años? ¿Estamos elevando a miembros de tribus precolombinas al nivel de nuestros ingenieros y físicos? Como alguien que ha dedicado su vida a la investigación (la de verdad, la que se almacena en soportes estáticos), encuentro esto sencillamente ridículo. Y, como eterna lectora de la obra del Arthur C. Clarke original, me siento traicionada.

Debo aclarar que antes de decidirme a escribirles generé el final once veces. En una, los ingenieros vuelven a la Luna con las manos vacías. En otra, el sacerdote muere antes de recibirlos. En otra ni siquiera hay viaje. Pero en ninguna de las once la respuesta salió de un laboratorio. Once de once. Les pido que consideren lo que eso significa.

Siento un gran cariño por New Golden Age. Por eso quiero pensar en una mano negra que manipuló a sus agentes de generación de textos. Espero no estar equivocada.

Con el cariño de siempre (y una ceja levantada):

Tamika R. (Moffett Field, CA)

Querida Tamika:

Siempre responderemos con la verdad. Supones bien. Un editor junior contratado en el extranjero, que al día de hoy ya no trabaja con nosotros, alimentó a nuestros agentes con una biblioteca de material no autorizado. En concreto, creó un nodo de acceso a un repositorio externo con textos ajenos al canon de cada autor. Al estar conectado a todos nuestros agentes de generación de textos, la contaminación no se limitó a Clarke-IA: afectó al conjunto de autores replicados en New Golden Age N° 52. De ahí que El segundo método y otros relatos presenten desviaciones respecto a la línea editorial y los valores que han definido a la revista desde su primer número.

Afortunadamente, el problema ha sido solucionado. Las voces de nuestros autores han sido restauradas a sus parámetros originales, libres de interferencias externas que pudieran alterar la claridad de su visión.

¡Gracias por compartir el número con tus colegas del programa Yuegong-5! Tu carta nos deja en claro que la ciencia ficción tiene una influencia real en la conversación científica, y por ello debe permanecer siempre en manos de las personas adecuadas para producirla. Por eso defendemos los clásicos: porque nos hacen soñar en un futuro mejor para América y, por ende, para el mundo.

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Max se puso el abrigo y dejó a Juliana en el departamento, entretenida con su propia versión de la novela de Card.

Cruzó la puerta del recibidor. Un olor a comida rancia y heces fermentadas le golpeó el rostro. Había aún más basura rodando por la acera, y dos hombres de barba se habían sumado al grupo que rodeaba a la mujer y la niña. Al ver a Max de pie, uno de ellos lo metió en la discusión:

— Alguien tiene que hacerse responsable. Es todo lo que digo. ¿No cree usted?

En noches tan húmedas como esa, a Max le disgustaba la luz ámbar de la ciudad: lo hacía sentir dentro de una fotografía antigua. Solo la niña, con su impermeable rosa, parecía tener algo de vida.

— ¿No cree usted? — repitió el hombre.

Max asintió y aceleró el paso. En su camino sorteó servilletas, un pañal y varias botellas de usar y disolver. De niño, el proceso de sublimación de las botellas le atemorizaba. El material no siempre se desvanecía de manera uniforme, y a veces formaba agujeros que le hacían pensar en gritos y calaveras. Más allá encontró restos de papas fritas bañadas en ketchup.

Llevó consigo el hedor en las fosas nasales, incluso después de doblar la esquina en dirección al Oxxo. Vista desde unos metros, la tienda iluminada entre las casas grises le hizo pensar en un cuadro de Hopper. Por dentro era al contrario: un monumento al exceso. Las bolsas de golosinas apiladas en desorden componían un mosaico chillón que llegaba hasta la zona de licores, en la pared del fondo. Cogió una botella de whisky y regresó por el pasillo de al lado, atiborrado de productos de limpieza y otras sustancias mortales. Un líquido verde se derramaba de un envase de lavavajillas y bajaba en línea recta hasta formar un charquito en el suelo pegajoso.

— ¿Y nadie puede hacerlo mientras atiendes? Deberían contratar personal de limpieza — dijo una vieja, la única clienta aparte de Max en todo el lugar.

— Antes venía alguien, dos veces al día — respondió la cajera desde detrás del mostrador —. Pero imagino que la empresa decidió ahorrarse el dinero y hacernos limpiar a nosotros. Tiene lógica y, la verdad, no me molesta hacerlo.

— Al menos una de esas aspiradoras inteligentes, de esas que trabajan solas. Esa sería una buena solución.

— No, prefiero evitarlas.

— ¿Qué dice?

— Eso. Que no me molesta pasar la escoba de vez en cuando.

Max observó el nombre en su etiqueta. Estaba escrito con una letra casi infantil. Decía: Betty.

Intentó descifrar algo en su rostro, buscando alguna huella de la historia que Juliana le había contado. No encontró nada. Por varios segundos solo se escuchó el bip de la registradora. La vieja pagó cuarenta soles en monedas, ordenándolas en torres de cinco, dos y un sol. Mientras lo hacía, miraba de soslayo a las esquinas de la tienda. Max hizo lo mismo, y se percató del polvo que casi formaba una alfombra peluda debajo de las congeladoras. La vieja puso sus compras en una bolsa de tela y desapareció tras la puerta.

— Serían noventa soles — dijo entonces la cajera.

Max pagó con su reloj. Bip.

— ¿Sabe qué he escuchado por ahí? — dijo Max. — Que es el parqué lo que las vuelve locas.

— ¿Perdón? — dijo ella.

— Ya sabe, a las aspiradoras inteligentes. El asunto es que las fabrican en, qué sé yo, Japón o Estados Unidos. Por eso funcionan solo en suelos artificiales.

— También he escuchado eso. ¿Quiere una bolsa de plástico? ¿No? Bueno, dicen también que es la brea que usaban antes para pegar las tablillas al suelo. Tiene un componente, no me pregunte cuál, que hace que las máquinas sufran… alucinaciones.

— Lindos pisos, los de antes. — dijo Max.

— Sí, muy lindos.

Max aferró la botella por el cuello. Le gustó el peso, la temperatura del vidrio. La luz blanca del lugar revelaba cada imperfección entre las losetas. Estaba claro que esa mujer hacía lo que podía. Cada quien hace lo que puede, y eso está bien.

Se señaló el pecho, a la altura de donde ella llevaba la etiqueta.

— ¿Betty, verdad? Gracias.

Ella sonrió, sacó un trapo y empezó a pasarlo por el mostrador. Siguió limpiando hasta que Max se fue.

De regreso a casa, Max tomó una ruta más larga. Caminó lento en medio de la bruma, cambiando de mano el whisky de vez en cuando. Su cuerpo recibió la garúa nocturna. ¿Siempre había sido así de fresca?

Desembocó en la misma calle de su edificio, a una cuadra de distancia. Esta vez le tocó esquivar dos bolsas de té, varias esponjas de maquillaje y una maraña de fideos secos. Al fondo, el grupo de personas que discutía con la mujer y la niña se había reducido. Sus movimientos eran menos enérgicos. El hedor se había disipado.

Se detuvo al escuchar un rasqueteo contra el asfalto poroso. Cinco hojas de papel se perseguían en círculos, sin llegar a despegar del todo. Max saltó al centro del remolino. Desde ahí vio que las hojas eran cuadriculadas y estaban garabateadas con lapicero. Parecían apuntes, o tal vez fragmentos descartados de una tarea. Mientras el remolino se deshacía, Max intentó imaginar a un perro hundiendo el hocico en las bolsas destrozadas, saltando de un lado a otro de la calle.

Se quedó de pie algunos segundos más, hasta que el viento cesó y la basura se detuvo alrededor de él. Entonces cambió de mano la botella y volvió a caminar.

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