Abril Chimal y José Ramos

Introducción

La historia de América Latina puede interpretarse como una sucesión de proyectos geopolíticos y procesos de colonización. Durante más de un siglo, la región ha vivido bajo formas de control neocolonial impuestas por Estados Unidos: desde la Doctrina Monroe hasta la contrainsurgencia de la Guerra Fría, y de ahí a las formas actuales de influencia financiera, tecnológica y cultural, como los programas de ajuste estructural. El hemisferio se ha planteado una y otra vez como un espacio que necesita estabilización, protección o alineación ideológica.

Las intervenciones militares y las condicionalidades económicas están bien documentadas. Se ha prestado menos atención a cómo estas dinámicas operan como «futuros utilizados» (Inayatullah, 2008): imaginarios que definen qué tipo de desarrollo, democracia y soberanía parecen posibles, junto con los binomios que los sustentan: Norte/Sur, indígena/mestizo, desarrollado/en desarrollo, izquierda/derecha.

Este simposio examina las narrativas y las fuerzas geopolíticas que siguen imponiendo futuros predeterminados de carácter neocolonial en las Américas. En un momento de reconfiguración del poder global y de proyectos políticos polarizantes, nos preguntamos cómo se reactivan y se cuestionan estas narrativas desgastadas, y cómo superarlas. Aquí se explora la región como un espacio pluriversal donde coexisten futuros territoriales, indígenas, afrodescendientes, populares y diaspóricos, a menudo en conflicto con modelos y futuros centrados en el Estado.

Vinculamos esta cuestión geopolítica a la que nos invitan José Ramos (en *Luchando por futuros sagrados*) y Felipe Bosch (en *Reimaginando la infraestructura democrática desde América Latina*) con lo que denominamos política interna: el ámbito de la subjetividad y la autoimagen colectiva donde la dominación externa se normaliza, se resiste o se transforma. Este cambio nos permite mirar más allá de la intervención externa y ver cómo se reproduce la colonialidad dentro de la región, en las entidades individuales y colectivas que la habitan, a través de paradigmas de desarrollo, economías extractivistas, jerarquías raciales e imaginarios políticos polarizados.

El futuro como infraestructura

La colonialidad no se narra simplemente como una historia de progreso o civilización: está arraigada en las herramientas que utilizamos para interpretar, medir, enseñar y anticipar la región. El método científico que exige objetividad para extraer datos; Karla Paniagua escribe sobre informes de tendencias que traducen la media global en un resultado regional; el mapa de partes interesadas que reduce el mundo vivo a actores racionales con intereses fijos; Estefanía Simon Sasyk, Constanza Díaz del Castillo, Mónica Sahmkow y Dharath Hoonchamlong (en *Cocinas que se abren al mundo*) escriben sobre el plan de estudios culinario que hereda a Escoffier como sinónimo de excelencia y el vocabulario democrático importado del Atlántico Norte: en cada caso, el instrumento no se limita a describir un futuro que nos es ajeno, sino que lo pone en práctica. La cuestión ya no es qué futuro se nos impone, sino más bien qué herramientas y rutinas seguimos utilizando sin darnos cuenta de que ya encarnan una perspectiva colonial.

Así es como la geopolítica externa se convierte en política interna, tal y como reflexionan Abril Chimal y Rodrigo Romer (en «Futuros mutantes situados»). Un programa de ajuste estructural actúa desde fuera; pero ese mismo cierre puede producirse desde dentro: cuando una escuela de cocina adopta sin cuestionamientos el canon europeo; cuando una consultora reproduce un informe global con ejemplos locales pero deja intacto el marco; o, como afirman Pablo y Lorenza Reyes (en *Enactive foresight from the Global South*), cuando un ejercicio de planificación centrado en el litio en el Salar de Atacama divide a las partes interesadas en categorías fijas de interés y excluye formas de reciprocidad territorial que no encajan en ese marco. El imperio no siempre necesita imponerse desde fuera: basta con que el sesgo de la autoridad ejerza presión, porque ya no hay un único futuro oficial que reivindicar, sino más bien una arquitectura de hábitos metodológicos que hace que ciertos futuros pasen por sentido común.

El «otro orden»: escuchar, desaprender, sufrir —la política interna como método—

Los poderes dominantes no se limitan a construir un orden: se esfuerzan por borrar los rastros de que otro orden fuera posible. En el ámbito editorial, esto se traduce en la censura de narrativas que no confirman el canon; en los planes de estudios, en la marginación de las referencias no europeas hasta reducirlas a folclore; en los datos y la inteligencia artificial, en la sustitución de archivos íntimos y elaborados a mano por conjuntos de datos masivos que pretenden ser neutrales, al tiempo que heredan las jerarquías con las que fueron entrenados. Lo que se pierde no es solo información: es la posibilidad de imaginar que las cosas podrían haber sido diferentes. Por eso, varias contribuciones de este número insisten en que crear futuros alternativos no es un ejercicio especulativo inofensivo, sino una práctica política y orientada a la supervivencia, tal y como defiende César Santivañez (en «Carta al editor») a través de la ciencia ficción.

Varios trabajos de este simposio convergen en un único movimiento de tres partes: en primer lugar, una crítica de la racionalidad instrumental que trata la naturaleza, el cuerpo, el barrio o el archivo familiar como datos que hay que extraer; en segundo lugar, un proceso de «desaprendizaje» que exige vaciarse antes de volver a llenarse, según Coral Michelin (en un ensayo para ampliar el Diseño Ecosistémico con la interconexión entre el desaprendizaje, el duelo y la Utupia), con un coste subjetivo real para quienes lo experimentan; y, en tercer lugar, el reconocimiento de que este vaciamiento no está completo sin el duelo. El duelo aparece aquí en diferentes formas: el duelo ecológico por los humedales y acuíferos transformados de forma irreversible; el duelo doméstico por las cajas de fotografías familiares de Tatyane Ramos (¿Qué archivos moldearon tu imaginación?); y el duelo corporal por los cuerpos jóvenes, racializados y disidentes que la violencia sigue arrebatando en las afueras de las grandes ciudades con Raziel Sosa Mendienta; pero siempre defiende la misma convicción: ninguna transformación puede eludir la pérdida, porque el duelo solo existe donde hubo amor, y ese amor es lo que nos permite imaginar de nuevo.

Ante la extracción, escuchar —a los humedales, a las frecuencias, a las fotografías, a los acuíferos entendidos como parientes vivos— se propone como un método de conocimiento que precede a la imaginación humana y permite la coexistencia con lo más que humano.

De un canon único a la coexistencia pluriversal

La alternativa a un canon único no es otro canon único —ni uno declarado «latinoamericano» sin matices—, sino más bien la coexistencia de múltiples tradiciones situadas. Este número destaca los linajes intelectuales propios de la región: la Escuela de Santiago y el enactivismo de Maturana y Varela (1987) como una ruptura epistemológica nacida en Chile; la tradición prospectiva de la CEPAL/ILPES (Halperin, 2008); las cosmovisiones andinas y mesoamericanas; el pensamiento negro y afrodiaspórico brasileño; y las ontologías tupíes. No se trata de sustituir una hegemonía por otra, sino de mostrar que el Sur Global nunca fue meramente un receptor de los futuros ajenos, sino también un productor de su propia teoría como práctica de vida. Varias contribuciones documentan asimismo los intercambios Sur-Sur —entre Venezuela y Tailandia, y entre las tradiciones de prospectiva latinoamericanas— que buscan escapar tanto de la dependencia Norte-Sur como de una idealización ingenua de la «solidaridad del Sur Global» que ignora las asimetrías reales entre contextos igualmente periféricos.

Aunque podamos imaginar una solidaridad pluriversal que trascienda los binomios simplistas, buscando conexión y puntos en común a través de las geografías, una búsqueda de la supervivencia y la dignidad compartidas a lo largo de Abya Yala, tejiendo nuevos actos de comunalidad, de «buen vivir», desde el Nunangat más septentrional hasta la Karukinka más meridional, pasando por las innumerables comunidades intermedias. Recordar es una práctica cultural en torno al fuego tribal, donde cada miembro aporta su memoria y su experiencia a una historia compartida, recreando un cuerpo social; muchas historias que tejen y vuelven a tejer el entramado del arco narrativo utilizando lo absurdo, como se puede ver en el texto de Milagros Fonrouge, Coe Douglas y Mariana Lemes (en *Pataphysics Canibalism*) y en el tejido de Helena Rojas en las comunidades.

Este pluriversalismo, además, no es una declaración retórica de valores: es una transformación de las condiciones relacionales concretas —qué preguntas se plantean antes de diseñar un plan de estudios, qué fuentes influyen en un análisis de tendencias, qué horizontes rigen la negociación sobre un acuífero, qué imágenes dan forma a un sistema de producción visual, qué géneros coexisten dentro de un mismo texto académico—. Uno de los trabajos de este número lleva esta lógica hasta su conclusión más radical: abandona las convenciones de la escritura académica —citas, glosarios, géneros diferenciados— y está escrito en el estilo oral del barrio, mezclando epístola, poesía y manifiesto sin establecer jerarquía alguna entre ellos. Un recordatorio de que la descolonización del pensamiento no puede limitarse al contenido si no interviene también en la forma.

Y aquí entretejemos historias

Lo que recorre los trabajos reunidos en *Reimagining the Hemisphere* es la misma pregunta planteada desde diferentes ángulos: ¿Quién tiene la autoridad para declarar qué se considera conocimiento legítimo, un futuro deseable o una entidad viva, y qué prácticas situadas nos permiten reabrir lo que esa autoridad cierra? Responder a esta pregunta requiere mirar hacia fuera —hacia las doctrinas, los programas de ajuste y las mega-infraestructuras extractivas que siguen definiendo el horizonte hemisférico— y hacia dentro, hacia la política interna donde esas mismas lógicas se reproducen, se combaten o se transforman en la subjetividad cotidiana de quienes habitan la región.

Las contribuciones que siguen no resuelven esta tensión ni ofrecen una fórmula única para unos futuros pluriversales. Proponen un conjunto de prácticas concretas —escuchar, desaprender, hacer el duelo, imaginar, reconfigurar las condiciones relacionales, escribir de otra manera— que, en conjunto, esbozan no tanto un programa como una disposición compartida: tratar el futuro no como un horizonte externo por el que navegar, sino como un logro relacional que hay que cultivar, aquí y ahora, en las Américas.

Referencias

Halperín Donghi, T. (2008). La CEPAL en su contexto histórico. Revista de la CEPAL, 94, 7-26. Comisión Económica para América Latina y el Caribe

Inayatullah, S. (2008). Seis pilares: Pensamiento prospectivo para la transformación. Foresight, 10(1), 4-21. https://doi.org/10.1108/14636680810855991

Maturana, H. R. y Varela, F. J. (1987). El árbol del conocimiento: Las raíces biológicas del entendimiento humano. Shambhala Publications

 

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