Felipe Bosch
Resumen: América Latina revela que la vida democrática se organiza cada vez más a través de infraestructuras competitivas de pertenencia, deseo y coordinación que operan más allá de las instituciones formales. Para los estudios de futuros, esto implica que el futuro no puede entenderse únicamente como imaginación, anticipación o capacidad de gobernanza, sino como una condición infraestructural producida a través de sistemas que organizan la vida cotidiana.
Durante décadas, la democracia liberal en América Latina ha sido un acuerdo histórico. Tras ciclos de autoritarismo y dictaduras militares, la restauración democrática conllevaba una carga casi ética. Las elecciones, las constituciones, los partidos, los parlamentos y las instituciones públicas no eran solo mecanismos de gobernanza, sino principalmente garantías simbólicas para que la violencia dejara de ser un principio estructurante de la vida política. Por sobre un arreglo institucional neutral, la democracia ha funcionado como un horizonte moral.
Sin embargo, este horizonte moral ha también supuesto un régimen de futuridad: una forma de estabilizar lo que se consideraba un «futuro posible» para la región, a menudo traduciendo la experiencia histórica latinoamericana en trayectorias de desarrollo legibles desde el exterior. El vocabulario dominante a través del cual se estabilizó la democracia en la región ha sido en gran medida importado, traducido y adaptado de las tradiciones del Atlántico Norte y, más tarde, de los marcos de gobernanza tecnocrática de las instituciones multilaterales. Con el tiempo, esto se tradujo en una paradoja: la democracia fue simultáneamente acogida como un logro interno ganado con muchos sacrificios y experimentada como un modelo de legitimidad validado desde el exterior.
Esta doble condición produjo lo que podría denominarse un régimen estratificado de dependencia de la futuridad: la imaginación política latinoamericana solía oscilar entre experimentos democráticos generados internamente y futuros validados externamente que definían lo que se consideraba «moderno», «desarrollado» o «gobernable». En este proceso, la dimensión afectiva de la democracia –su capacidad para generar pertenencia, dignidad y legitimidad cotidiana– se externalizó parcialmente a la forma institucional.
Hoy, sin embargo, ese acuerdo se encuentra bajo presión. No porque la democracia y las semillas de futuros democráticos alternativos (por ejemplo, el cooperativismo) hayan desaparecido, sino porque su infraestructura central ya no se corresponde con la forma en que se organiza la vida social, la traducción entre el procedimiento y la experiencia vivida se ha debilitado, y dichas semillas no han logrado escalar en profundidad (scale deep).
Este trabajo surge de una tensión simple pero cada vez más ineludible: las infraestructuras que (supuestamente) han organizado históricamente la vida democrática en la región (y más allá) ahora se entrelazan con –y son parcialmente desplazadas por– regímenes competidores de significado, pertenencia y coordinación que operan a través de formas afectivas, simbólicas e infraestructurales. Estos regímenes son también espacios donde los «futuros utilizados» (used futures) se reproducen, se disputan y se reensamblan activamente.
De las instituciones a las infraestructuras del afecto: ¿qué aporta América Latina como método?
En algunas partes del mundo, una de las revelaciones definitorias de las transformaciones actuales es el desplazamiento gradual de las instituciones liberales como organizadoras exclusivas del significado y la coordinación. Esto no implica una irrelevancia de estas instituciones. Más bien, apunta a la coexistencia –y a menudo a la competencia– con otros sistemas de organización que son menos visibles pero más inmediatamente efectivos a la hora de estructurar la vida cotidiana. Estas pueden describirse como infraestructuras afectivo-simbólicas de subjetivación y futuridad en su capacidad para organizar la atención, la identidad, la pertenencia, el propósito y el miedo a gran escala, extendiendo la teoría de las infraestructuras más allá de los sistemas técnicos hacia los arreglos relacionales y perceptuales (Star y Bowker, 2006; Larkin, 2013; Simone, 2004).
A diferencia de las instituciones «tradicionales», estas infraestructuras no operan principalmente a través de reglas formales o su autoridad legal, sino mediante la circulación afectiva y los regímenes de apego encarnados que dan forma a la subjetividad política (Berlant, 2011; Ahmed, 2004; Massumi, 2002). Las que se analizarán a continuación operan a través de la repetición, la resonancia emocional, los códigos estéticos y las (in)coherencias narrativas. Están integradas en plataformas, ecosistemas culturales, movimientos religiosos, redes transnacionales y economías informales o ilegales.
La competencia geopolítica actual es cada vez más infraestructural, y solo a través de esa capa se siguen manifestando las viejas geopolíticas –recursos, territorio, influencia–. Lo que realmente está en juego es la atención, lo que se vuelve visible y lo que desaparece de la vista; la pertenencia, quién es reconocido como parte de un mundo legítimo; la identidad, cómo los sujetos se ubican dentro de los órdenes simbólicos; y el deseo, lo que se experimenta como algo que vale la pena perseguir.
Si estas infraestructuras están adquiriendo relevancia global, América Latina puede interpretarse como un punto de vista metodológico privilegiado. Siguiendo a García Canclini (1990), la región es menos un espacio híbrido o mestizo en el sentido de los estudios culturales que una condición de largo plazo de «ensamblaje»: sistemas heterogéneos de modernidad que coexisten sin llegar a converger plenamente en un único orden institucional. No se trata de diversidad en el sentido habitual, sino de una incompletitud estructurada que persiste a lo largo del tiempo. Esto concuerda con enfoques más amplios de ensamblaje en la antropología y la teoría política que enfatizan la coexistencia heterogénea de lógicas sin convergencia sistémica (Collier y Ong, 2005).
América Latina no experimenta la modernidad como una secuencia temporal unificada. Coexisten múltiples temporalidades: la modernidad industrial (instituciones de bienestar, sindicatos, sistemas públicos), la aceleración neoliberal (financiarización, privatización, economías de plataforma), las economías informales de supervivencia (la precariedad como estructura, no como excepción) y la hipermodernidad digital (gobernanza de plataforma, economías de la atención). Junto a estas, persisten otros regímenes de tiempo: lo que a menudo se denomina «premoderno», aunque esa etiqueta ya es engañosa: cosmologías indígenas, órdenes espirituales y rituales, formas de realismo mágico que no se sitúan fuera de la modernidad, sino dentro de ella, como parte de cómo se organiza y se experimenta la realidad. No se trata de capas que se alinean. Son lógicas simultáneas, desiguales y, a menudo, incompatibles de la experiencia vivida.
En conjunto, estas dinámicas apuntan a formas institucionales específicas. El Estado no opera como una fuente unificada de legalidad, sino como una infraestructura fragmentada en la que los órdenes legales y extralegales no son externos entre sí, sino que se constituyen mutuamente (Mitchell, 1991; Scott, 1998). La autoridad no se concentra en un único centro, sino que se distribuye a través de regímenes de normatividad superpuestos que incluyen instituciones formales, acuerdos informales y formas híbridas de gobernanza. Lo que parece ser una fragmentación institucional es, en la práctica, una (re)configuración de cómo se producen y sostienen la legitimidad y el orden.
Esta condición se hace visible en infraestructuras concretas que organizan la vida cotidiana más allá de las fronteras, fuera de y en paralelo a las lógicas institucionales formales. A continuación se presenta un mapeo de cuatro de estos sistemas transnacionales: las redes evangélicas, las estructuras de gobernanza criminal, las infraestructuras deportivas globales centradas alrededor de la FIFA y los ecosistemas digitales asociados con la política de la nueva derecha. Cada uno de ellos opera como un campo de coordinación autónomo pero interdependiente, donde la pertenencia, la protección, la identidad y el deseo se producen y se estabilizan en la práctica.
Fundamento empírico: cuatro redes transnacionales como sistemas operativos
Lo que surge del trabajo empírico no es un conjunto de casos aislados, sino un patrón estructural más profundo: la formación y/o adaptación gradual de redes transnacionales que operan como infraestructuras para organizar la vida cotidiana allí donde las instituciones liberal-democráticas ya no agotan (si es que alguna vez lo hicieron) la producción de significado, pertenencia y coordinación.
Estas redes no deben interpretarse como desviaciones del orden institucional, ni como sustitutos informales del mismo. Son infraestructuras de coordinación parcialmente interdependientes, cada una de las cuales estabiliza fragmentos de la vida en condiciones de incertidumbre, fragmentación e incompletitud infraestructural. Su importancia radica en lo que hacen: organizan el deseo, estructuran la pertenencia y producen formas de orden que se experimentan como inmediatamente reales, mucho más que en la mediación institucional formal.
En las redes evangélicas (Carbonelli, 2020; Goldstein, 2020; Mallimaci y Judd, 2013; Paz González, 2020; Sarrazin y Arango, 2017; Semán y Viotti, 2019), esto toma la forma de una densa arquitectura cognitivo-afectiva donde la redención no es una metáfora, sino una tecnología práctica de la vida. El mundo se vuelve narrativamente legible a través de ciclos continuos de caída y transformación, mientras que el comportamiento cotidiano se estabiliza mediante la repetición, la disciplina y el refuerzo colectivo, un fenómeno que trasciende las clases sociales. Lo que parece una expansión religiosa es, en términos infraestructurales, un sistema para gestionar la incertidumbre a nivel del cuerpo, el hogar y la comunidad.
En los sistemas de gobernanza criminal (Chabat, 2010; Dammert y Sampó, 2025; Dewey, 2020; Koonings y Kruijt, 2023; Sullivan, 2023; Uribe et al., 2025) surge una forma diferente de orden, que no puede reducirse únicamente a la violencia. Estas redes funcionan como infraestructuras territoriales de protección y circulación, organizando la vida económica, la resolución de disputas y el acceso al consumo en condiciones en las que las instituciones formales tienen una presencia desigual. Su autoridad es tanto coercitiva como distributiva: asignan seguridad, oportunidades y estatus dentro de entornos fragmentados. Incorporan las aspiraciones a los circuitos materiales de supervivencia y consumo, a menudo combinando la precariedad con formas de movilidad social acelerada.
Los ecosistemas deportivos globales, y en particular la arquitectura institucional que rodea a la FIFA (Alabarces, 2002; Dunning y Elias, 1986; Giulianotti, 2002; Santos y Hela, 2019; Susa Sánchez, 2015; Robertson y Giulianotti, 2006; Ortiz, 2025; Yallop, 1999), funcionan como una de las infraestructuras más refinadas de pertenencia ritualizada a escala planetaria. En América Latina, esta función se vuelve especialmente visible ya que el fútbol ha sido durante mucho tiempo un elemento central en la formación de la identidad nacional y el imaginario colectivo. Estos sistemas no resuelven el conflicto, sino que lo estabilizan en formas cíclicas de intensidad colectiva. Coexisten múltiples regímenes afectivos sin contradicción: el arraigo local, la identidad nacional, el público global, el espectáculo comercial, la emoción corporal y la transmisión intergeneracional. Lo que se produce no es consenso, sino repetición: una infraestructura que permite experimentar el antagonismo sin que se agrave, y la pertenencia sin uniformidad ideológica.
Por último, los ecosistemas digitales y de la nueva derecha (Garner, 2025; Peytibi y Pérez-Díaz, 2020; Stefanoni, 2025; Vecino, 2025a, 2025b) funcionan como infraestructuras de visibilidad y formación de identidad en las que la vida política se reorganiza a través de la atención, la amplificación y la circulación algorítmica. Aquí, la legitimidad no se deriva de la autorización institucional, sino de la exposición. La identidad se reconstruye continuamente a través de la fragmentación simbólica, donde la pertenencia política se vuelve inseparable del posicionamiento estético y la resonancia emocional. La distinción entre política, entretenimiento e identidad se disuelve en un campo continuo de producción afectiva.
Considerados en conjunto, estos cuatro sistemas no son anomalías al margen del orden democrático latinoamericano. Son cada vez más fundamentales para el funcionamiento de las sociedades contemporáneas. Organizan la vida cotidiana allí donde las instituciones ya no estabilizan plenamente la experiencia. Gobiernan a través del afecto, el reconocimiento y la repetición, más que solo a través de la autoridad formal. Y lo hacen de manera transnacional, traspasando las fronteras territoriales sin dejar de estar profundamente arraigados en las condiciones locales.
Lo que importa, por lo tanto, no es su diferencia, sino su función compartida: son infraestructuras del deseo. Estructuran lo que se percibe como posible, legítimo, aspiracional o significativo en la vida cotidiana. Al hacerlo, revelan un desplazamiento que ya no es posible ignorar: la gobernanza hoy en día no está monopolizada por las instituciones democráticas del viejo mundo, sino que se distribuye a través de sistemas heterogéneos que operan a nivel de coordinación afectiva.
La democracia reinterpretada: del procedimiento a la infraestructura del deseo
Si este es el panorama, entonces la democracia es un régimen de futuridad en disputa: una entre múltiples infraestructuras que compiten por definir qué tipos de futuros colectivos pueden imaginarse, sentirse y hacerse habitables.
Este cambio indica que las instituciones necesitan, más que nunca, comprender que están insertadas en una ecología más amplia de sistemas afectivo-simbólicos que estructuran la atención, la pertenencia y las aspiraciones a gran escala. Lo que está cambiando no es la existencia de la democracia, sino la revelación de su posición dentro del campo más amplio de la coordinación social.
Este replanteamiento también exige una corrección en la forma en que dos tradiciones dominantes han interpretado la política contemporánea en la región. La teoría democrática liberal asumía que la legitimidad se produce a través de la inclusión procedimental, la confianza institucional y la deliberación racional. La teoría populista –particularmente en la tradición de Laclau (2005)– reorientó la atención hacia la identificación afectiva y la construcción de «el pueblo» como un sujeto político formado a través de cadenas de equivalencia y antagonismo. La intervención de Laclau fue crucial para demostrar que la subjetividad política nunca es puramente institucional; se articula a través de lógicas simbólicas y afectivas que trascienden la forma procedimental.
Sin embargo, ambas tradiciones siguen compartiendo una limitación clave: asumen que las instituciones siguen siendo la superficie principal sobre la que se organiza la vida política, aunque se complementen con el afecto. Lo que surge hoy es más radical: las instituciones ya no son la superficie principal de la organización política; son una capa dentro de una ecología multiinfrastructural en la que la atención, el deseo y la pertenencia se redistribuyen continuamente a través de sistemas heterogéneos.
Por eso la dicotomía liberalismo-populismo ya está desactualizada. Describe diferentes formas de legitimar la autoridad institucional, pero no la transformación más profunda: el desplazamiento infraestructural de la coordinación política en sí misma. Desde esta perspectiva, la democracia se experimenta cada vez más a través de tres condiciones infraestructurales:
- La primera es la legitimidad afectiva: la capacidad de un sistema para generar apego, reconocimiento e inversión emocional que no se pueden reducir a la coacción o al acatamiento.
- La segunda es la presencia infraestructural: el grado en que las lógicas democráticas están integradas en los sistemas que estructuran la vida cotidiana –plataformas, economías informales, circuitos culturales, redes religiosas y arreglos territoriales–.
- La tercera es la habitabilidad cotidiana: el grado en que los sistemas políticos estabilizan la experiencia vivida en condiciones de incertidumbre.
El futuro (o los futuros) como sujeto político: de la pluralidad epistémica a la futuridad infraestructural
Se está produciendo una transformación similar en relación con los (estudios de) futuros. Esta disciplina podría comprenderse si se la definiera como un campo estructurado por ontologías de la futuridad que compiten entre sí: algunos enfoques tratan el futuro como un significado construido, otros como una emergencia estructuralmente limitada y otros como una capacidad distribuida de manera desigual entre sujetos e instituciones (Inayatullah, 1998, 2008; Miller, 2018; Slaughter y Hines, 2020; Dator, 2009; Boonmavichit y Boossabong, 2022). Lo que está en juego no es solo la diversidad metodológica, sino formas contrapuestas de definir qué son los futuros y cómo se hacen (o no) realidad en el presente.
Un diagnóstico útil, aunque parcial, de la experiencia temporal contemporánea se puede encontrar en el análisis de Berardi (2017) sobre el colapso de la futuridad bajo el semicapitalismo. Según su trabajo, la aceleración de los regímenes cognitivos, financieros y comunicativos erosiona la capacidad colectiva de proyectar futuros compartidos, produciendo en su lugar un presente prolongado marcado por la ansiedad, la sobrecarga y el agotamiento psíquico. La futuridad, en este sentido, no desaparece, sino que queda bloqueada: deja de funcionar como un atractor estable del deseo colectivo y es reemplazada por estados afectivos de saturación y retraimiento.
Sin embargo, esto capta una modulación específica del tiempo contemporáneo. Lo que se describe como colapso se entiende mejor como una configuración particular de tensión temporal dentro de ciertos entornos sociotécnicos, pero no debe interpretarse como una condición universal de la contemporaneidad. En otros contextos, los mismos procesos globales que intensifican la sobrecarga cognitiva podrían reorganizar la futuridad, desplazándola hacia un campo distribuido de estabilización, mantenido a través de infraestructuras que compensan la incompletitud institucional al producir una coordinación parcial en la vida cotidiana.
Desde esta perspectiva, América Latina no se encuentra al margen de la crisis de la futuridad; más bien, pone de manifiesto una modalidad diferente de la misma. Aquí, la futuridad es menos un horizonte unificado bajo tensión que un campo distribuido de condiciones infraestructurales, donde la vida cotidiana se estabiliza a través de redes transnacionales superpuestas que producen seguridad, pertenencia y un orden parcial en ausencia de sistemas institucionales adaptados.
Esto reabre el campo de una manera diferente. Los sistemas de conocimiento sobre el futuro pueden interpretarse como respuestas situadas a diferentes dimensiones de un mismo problema: cómo se producen, se estabilizan o se interrumpen los futuros. Cada tradición interviene en un nivel diferente –significado, discurso, diseño institucional, capacidad o restricción estructural–. Lo que aporta el argumento infraestructural aquí planteado es una capa adicional. El futuro puede interpretarse, anticiparse y gobernarse en el presente porque se produce a través de infraestructuras que organizan la atención, el deseo, la pertenencia y la coordinación.
Desde esta perspectiva, la futuridad es un dominio cognitivo y normativo como efecto emergente de las infraestructuras distribuidas. Las redes evangélicas, los sistemas territoriales-criminales, las infraestructuras rituales globales como el deporte y las economías digitales de la atención no solo contienen representaciones del futuro; estructuran activamente las condiciones bajo las cuales ciertos futuros se vuelven social, material y emocionalmente plausibles. Esto produce una inversión final. Los futuros surgen de la competencia estructural por las infraestructuras que hacen que futuros específicos sean habitables en el presente. La pregunta central, por lo tanto, no es qué y cómo se imaginan los futuros, sino qué infraestructuras estabilizan las condiciones bajo las cuales la imaginación misma se convierte en una posibilidad. En este sentido, la futuridad se convierte en un campo de disputa en la producción infraestructural.
Implicaciones: estudios de futuros, práctica y posicionamiento infraestructural dentro de regímenes de futuridad en competencia
Si la futuridad se produce infraestructuralmente en el presente a través de sistemas heterogéneos que organizan el deseo, la atención, la pertenencia y la coordinación, entonces la práctica de futuros no puede entenderse como algo externo a este campo. Se convierte en una intervención situada dentro de la misma ecología infraestructural que produce las condiciones de la propia futuridad.
Esto tiene implicaciones inmediatas sobre cómo se posiciona la práctica de futuros en los espacios institucionales, críticos y (extra)territoriales.
Un ámbito dominante de la práctica de futuros sigue siendo la prospectiva institucional: agencias multilaterales, ministerios de planificación, unidades de innovación, participación ciudadana y entornos de estrategia corporativa. Estos espacios son importantes, pero tienden a traducir el futuro en capacidad de planificación estratégica o en una transformación organizativa o de gobernanza (más o menos radical). Al hacerlo, estas intervenciones quedan desconectadas de las infraestructuras de la vida cotidiana en las que realmente se produce la futuridad.
Un segundo ámbito es la práctica crítica de los futuros, construida para facilitar el cuestionamiento de los imaginarios dominantes, exponer los sesgos epistémicos y deconstruir y reconstruir el poder arraigado en las visiones del futuro. Sin embargo, por sí sola, corre el riesgo de permanecer ajena a las infraestructuras materiales y afectivas a través de las cuales se pone en práctica y se estabiliza hoy en día la futuridad.
Un tercer ámbito, cada vez más relevante, es la práctica de futuros infraestructural o situada: un trabajo más o menos coordinado que se da en sistemas cívicos, culturales y transnacionales que ya producen coordinación, pertenencia y habitabilidad cotidiana. Aquí, la práctica de futuros participa directamente en la construcción de infraestructuras a través de las cuales ciertos futuros se vuelven habitables, a menudo dentro de comunidades internacionales interconectadas que son solo parcialmente territoriales y están mediadas en gran medida por circuitos institucionales, filantrópicos o de plataformas.
Estas tres posiciones no se excluyen mutuamente, pero guardan una relación asimétrica con la producción efectiva de los futuros. El cambio clave radica en que ninguna de ellas puede entenderse como ajena a la competencia infraestructural por el deseo, la atención y la legitimidad que ahora estructura la vida colectiva.
Por lo tanto, la pregunta central para quienes se dedican a los futuros excede la discusión metodológica (que esconde detrás una discusión ontológica que pocas veces se hace evidente), sino desde dónde se lleva a cabo la intervención: ¿en qué punto estamos interviniendo en las infraestructuras que producen los futuros? Esto nos lleva a un reconocimiento necesario: la práctica de futuros participa –ya sea de manera explícita o no– en la competencia entre infraestructuras que organizan el deseo, la atención y la pertenencia.
Lo que surge no es una tipología, sino una condición: la práctica de futuros es siempre un posicionamiento infraestructural dentro de un campo disputado de producción de futuros. Esto aclara su función política. Los profesionales de los futuros operan cada vez más como conectores entre infraestructuras fragmentadas de conocimiento, afecto y gobernanza –espacios donde los futuros ya se están produciendo de maneras desiguales–. La tarea no consiste solo en apoyar las capacidades requeridas para una gobernanza anticipatoria o en pos de futuros alternativos, sino en hacer visible cómo las infraestructuras actuales condicionan lo que puede llegar a ser concebible, deseable y colectivamente habitable, e intervenir en ellas.
En este sentido, la práctica de futuros converge con el argumento más amplio de este trabajo: la vida política está cada vez más estructurada por las infraestructuras que organizan el deseo, la pertenencia y la coordinación en la vida cotidiana. Solo en ese terreno la práctica de futuros recupera su relevancia: como un compromiso con las infraestructuras a través de las cuales el futuro se hace presente continuamente.
Conclusión: propuesta operativa
El futuro de la democracia en América Latina nunca debió entenderse como una cuestión de fortalecimiento institucional aislado, sino como una cuestión de cómo la vida democrática sigue siendo operativa dentro de un campo infraestructural donde la legitimidad, la coordinación y la futuridad se distribuyen a través de sistemas heterogéneos.
Esto no implica la desaparición de las instituciones, sino el reconocimiento de que estas nunca han agotado la arquitectura del orden político. La vida democrática persiste solo en la medida en que es capaz de interactuar, traducir y cuestionar las infraestructuras a través de las cuales se producen la coordinación cotidiana y la inteligibilidad colectiva.
La relevancia de este cambio se extiende más allá de la región. América Latina no es una excepción, sino un espacio donde la copresencia de sistemas incompletos y superpuestos pone de manifiesto una condición más general: la modernidad sin convergencia, la gobernanza sin centralidad y el futuro como competencia infraestructural.
Desde esta perspectiva, la contribución de este trabajo consiste en presentar a América Latina como un desplazamiento metodológico. Invita a una reorientación de la forma en que se estudian la democracia, la geopolítica y los futuros: alejándose de marcos que privilegian la fijeza ontológica o la forma institucional, y acercándose a las infraestructuras a través de las cuales se organiza material y afectivamente la vida política.
De ello se deriva una implicación más amplia para el propio campo de estudio. Si el simposio parte de la cuestión de las narrativas imperiales y los futuros pluriversales en todo el hemisferio, entonces la tarea consiste en reconocer que estos imaginarios están ahora incrustados en sistemas infraestructurales distribuidos que atraviesan los hemisferios.
La pregunta que queda abierta no es, por lo tanto, cómo la democracia, tal como la conocemos desde una perspectiva colonial, se adapta al cambio, sino cómo la investigación, la teoría y la práctica se reposicionan dentro del mismo terreno infraestructural que ahora condiciona tanto la vida democrática como los futuros. En ese sentido, el futuro del campo y su práctica depende menos de refinar sus categorías que de reconocer los sistemas en los que esas categorías ya están operativas.
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Agradecimientos
Este trabajo se basa y se nutre en parte de la investigación realizada en el marco del proyecto «Redes transnacionales efectivas y eficientes: ¿qué nos dicen sobre democracias sin resultados?», financiado por la Dirección de Futuros de la Fundación Avina.
El proyecto se desarrolló mediante el trabajo colaborativo con Carlos March y Bernardo Toro (Fundación Avina), Verónica del Carril y Agustina Jacobo, cuyas contribuciones al proceso de investigación más amplio sobre infraestructuras cívicas, cambio de sistemas y redes transnacionales constituyeron la base conceptual de este artículo.
El trabajo de la Fundación Avina en la intersección entre el cambio de sistemas, la innovación cívica y el desarrollo sostenible proporcionó un contexto institucional propicio para explorar cuestiones de coordinación democrática y transformación de infraestructuras en toda América Latina.
El autor es el único responsable de todas las interpretaciones, análisis y conclusiones expresadas en este artículo.
Autor: Felipe Bosch | Director ejecutivo, Centro Intergeneracional para la Acción Global, Bruselas, Bélgica | Investigador y coordinador de redes, School of International Futures, Londres, Reino Unido
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El autor utilizó tecnologías lingüísticas asistidas por IA (ChatGPT) exclusivamente para la edición del texto original en inglés y su traducción al español, el perfeccionamiento estilístico y la corrección de pruebas. Todo el desarrollo conceptual, el marco teórico, el análisis y las conclusiones son responsabilidad exclusiva del autor. El autor revisó, corrigió y validó todos los resultados para garantizar la precisión, la coherencia y la integridad intelectual, al igual que la presente traducción al español.
