Coral Michelin | Linnaeus University
Introducción
Para empezar, pido perdón por escribir en inglés, siendo una Americana de origen brasileña, en una edición que da la bienvenida a nuestras lenguas. Con este breve ensayo, me gustaría sumarme a los debates que se están dando en torno a los temas del «des-» —desaprendizaje, deshacer— y el «duelo». Estos diálogos tienen mayor protagonismo en inglés, a pesar de que con frecuencia son liderados por personas del Sur Global. No obstante, debo enfatizar que esta contribución tiene sus raíces en nuestra terra preta de índio[1] y en los conocimientos que producimos.
Ahora, pasemos al razonamiento propuesto: tal vez no sea posible llevar a cabo el desaprendizaje sin que el duelo lo acompañe, y sin contar con la creación de «utupías» (término que se explicará más adelante) como contrapartida equilibradora hacia futuros mejores. El desaprendizaje, el duelo y las utupías son, por lo tanto, conceptos intrínsecamente conectados. Cada uno de ellos cuenta con un corpus relevante de trabajos, aunque reciente y con espacio para estudios complementarios. El entrelazamiento entre los tres no es tan común en la literatura, y considero que dicha articulación presenta un camino de sanación de nuestro pasado colonial, que nunca se ha abordado adecuadamente —incluso más de 500 años después de las invasiones violentas de los territorios ahora conocidos como el Sur Global. Por esta razón, este artículo puede ofrecer una contribución.
El «desaprendizaje» como concepto ha evolucionado especialmente en la última década, impulsado por los debates sobre la colonialidad del saber (Grosfoguel, 2004, 2016; Mignolo, 2020; Quijano, 2019) y la necesidad de descentrar la producción de conocimiento de la hegemonía euro-occidentalocéntrica que dominó (o borró deliberadamente mediante la fuerza o el epistemicidio) los últimos siglos. Del mismo modo, han aumentado los estudios sobre el duelo, particularmente cuando se relacionan con el actual colapso climático y tras la pandemia de COVID-19. La utopía, por otro lado, es un concepto demasiado amplio que se utiliza en diferentes contextos y con diversas connotaciones. Por lo general, apunta a una dimensión futura, la cual es fundamental para mi interés en articular este concepto hacia versiones regeneradas de nuestros futuros.
Sin embargo, cuando observamos la producción del diseño en torno a estos temas, vemos algo que aún es tímido o, en el caso de la utopía, enmascarado en construcciones de futuros «deseables» o «sostenibles». Creo que esto ocurre debido a la renuencia del campo a abordar cuestiones relacionadas con las dimensiones de la subjetividad. Después de todo, el «desaprendizaje» implica un cambio en la «cosmovisión» del individuo occidental[2]; y el «duelo» se adentra aún más en la «psique» de cada ser vivo, sea humano o no. No obstante, algunos enfoques recientes de diseño han abordado tangencialmente estos temas, como el «diseño de transición», por ejemplo, que incluye la cosmovisión en su marco conceptual, aunque sin explicar cómo articularla.
Este ensayo no tiene como objetivo explorar la complejidad de los tres conceptos ni resolver estas cuestiones elusivas. La idea aquí es esbozar la interconexión entre el desaprendizaje, el duelo y las utupías, y continuar ampliando el enfoque ecodecolonial del diseño denominado «Diseño Ecosistémico», que busca explorar los aspectos sutiles de la subjetividad en el diseño, conectándolos con la posibilidad de crear versiones regeneradas de nuestros futuros (Michelin, 2024). Futuros feministas (Ketonen-Oksi y Wikström, 2025; Abdullah, 2025) libres de las fuerzas colonialistas e imperialistas que, una vez más, están saliendo de las sombras para dar lugar a una nueva ola de opresión y guerras en todo el mundo, a través de la manipulación, la invasión e incluso la recolonización de países latinoamericanos y otros. Es a través de los procesos de sanación del duelo y el desaprendizaje que podemos imaginar nuevas posibilidades y caminos a seguir: nuevas Utupias. Sanar es liberarse.
Comencemos nuestro viaje utilizando la figura de una cumbuca[3] como analogía en la narrativa. Haz una pausa e imagina que eres una hermosa cumbuca. Visualiza una que represente quién eres. Ahora imagina todo tu conocimiento, de toda tu vida, estudios, experiencias y recuerdos; toda la información genética, epigenética y social; y todos tus valores, creencias, preferencias y opiniones, como el contenido de esta cumbuca. Quizás muchos lectores se hayan imaginado recipientes a punto de desbordarse. Mantén esta imagen en mente.
1. Diseño ecosistémico y subjetividades
El diseño ecosistémico (Michelin, 2024) es un enfoque de diseño eco-decolonial que busca promover la regeneración de tres dimensiones interconectadas de la existencia: (1) la dimensión ambiental o ecosistémica, cuya regeneración implica la restauración de los ecosistemas de la Tierra, su resiliencia y sus capacidades homeostáticas; (2) la dimensión colectiva o social, en la que se ejercen nuevas formas de estar juntos, en convivencias que surgen del entrelazamiento interdependiente de seres humanos y no humanos; y (3) la dimensión subjetiva o personal, donde residen la cosmovisión del sujeto y su sentido de pertenencia a este mundo. En este ámbito molecular de la subjetividad[4], la regeneración implica un profundo proceso de transformación «interior-exterior», en el que se busca liberarse de la cosmovisión occidental para avanzar hacia una noción ampliada del «Yo como naturaleza», es decir, hacia una subjetividad relacional más allá de lo humano.
Como puede resultar evidente, el enfoque se centra especialmente en los practicantes occidentales, ya que quienes provienen de otras ontologías tal vez no necesiten tal «regeneración». Por esta razón, el Diseño Ecosistémico se define a sí mismo como eco-decolonial[5], proponiendo dos caminos clave para este gran proceso regenerativo: la ecología y el pensamiento sistémico, que nos enseñan, desde el universo microscópico hasta el macroscópico, la interconexión y la interdependencia de toda la vida. Y la vía decolonial, que surge como un fundamento crítico y filosófico que apunta a alternativas al proyecto civilizatorio antropocéntrico. Esta vía decolonial hacia el diseño también se explora en Schultz et al. (2018), donde se explican sus desafíos y su relevancia.
El fundamento decolonial del Diseño Ecosistémico está vinculado, aunque de manera implícita en su formulación original, al desaprendizaje. Porque para que podamos crear, colectiva e individualmente, nuevos modos de estar juntos y nuevas subjetividades relacionales, necesitamos pasar por un proceso necesario de «des-»: desaprender y deshacer paradigmas, valores, historias y otros componentes de nuestra subjetividad occidental. En otras palabras, necesitamos vaciar la cumbuca (para «morir»), a fin de poder volver a llenarla (para «renacer») con lo que surge de la conciencia y la interconexión.
2. Una cumbuca que se vacía: el proceso de desaprendizaje
Desde el momento en que la agenda decolonial gana fuerza y protagonismo en los debates académicos en diferentes campos del conocimiento, los más diversos investigadores han expresado la necesidad de que desaprendamos ciertos patrones relacionados con las opresiones del paradigma occidental (Tufte, 2024; Hart, 2025). El actual colapso climático ha facilitado la identificación de creencias cuestionables de esta cosmovisión: la noción de progreso y desarrollo económico; la objetivación y mercantilización de la naturaleza al servicio de la ganancia; y la creencia en la superioridad y el excepcionalismo de la especie humana en relación con otros seres vivos, son algunos ejemplos. Estos ilustran y justifican la razón por la que necesitamos desaprender.
Aunque se asocia principalmente con el ámbito de la educación, el «desaprendizaje» puede ser un concepto más amplio, que apunta a un proceso interminable de tomar conciencia de los sistemas de opresión para transformarlos. Esto también implica cuestionar la estructura de la producción de conocimiento y el motor social que la reproduce —en el sentido de un análisis crítico sobre el origen y los sesgos del conocimiento que adoptamos como verdad, así como los mecanismos que operan a partir de él—. Esto implica preguntarnos, por ejemplo, si estos mecanismos (discursos, pedagogías, medios de comunicación, tecnologías, etc.) sirven para oprimir o liberar a quienes los adoptan y reproducen como verdades, y a quienes quedan excluidos del mundo creado por ellos. En este contexto, se nos exige «vaciar nuestras cumbucas», deshacernos de lo que nos aprisiona para abrir espacio a lo nuevo.
No obstante, como explica Hart (2025, p. 2), el desaprendizaje no consiste simplemente en descartar conocimientos, sino en comprometerse con conceptos umbral que puedan «desafiar y ampliar los marcos de referencia existentes». Ya que nuestra capacidad para vivir en futuros regenerados depende en gran medida «de nuestra capacidad para incorporar de manera más consciente el “desaprendizaje” en nuestros diversos procesos de pensamiento sobre el futuro» (Jain, 2005, p. 115). Estos procesos requieren el apoyo de otros sistemas de conocimiento y otras formas de producirlo, desde otras cosmovisiones y ontologías (Tufte, 2024).
Sin embargo, no se ha hablado mucho sobre la carga subjetiva que conlleva el desaprendizaje. Es decir, sobre el «precio» que este proceso exige a la psique del sujeto occidental. Porque, metafóricamente hablando, vaciar la cumbuca puede parecer fácil, pero no lo es ni a nivel de las estructuras macrosociales ni a nivel molecular de las subjetividades. Los diseñadores llevan ya bastante tiempo lidiando con «problemas complejos», por lo que podemos imaginar la abrumadora tarea que supone un cambio de paradigma en una sociedad global como la occidental. Quizá no sea exagerado decir que se trata de una transición de eras. Sin embargo, no discutimos lo suficiente la transformación de la subjetividad necesaria para esta transición. Definitivamente no es una exageración afirmar que toda nuestra subjetividad se transforma en este proceso de desaprendizaje, ya que estamos hablando de nuestros valores, nuestras creencias; de aquello que utilizamos para dar forma a nuestra realidad y sentido al mundo que nos rodea. La subjetividad occidental es la occidentalidad misma.
Así, cuando hacemos explícita la innegable necesidad de cambiar el conocimiento y las estructuras sociales que nos han llevado al colapso, también estamos sacando a la luz la imperatividad de la transformación subjetiva. Estamos pidiendo que los occidentales abandonen nociones y partes del Yo —con buena razón— para que podamos regenerarnos por completo. Por esta razón, el duelo surge para ayudar en este doloroso proceso.
3. Vivir el vacío: el proceso de duelo
El duelo, al igual que el desaprendizaje, es un proceso. También tiene una dimensión interior y subjetiva, y otra exterior y colectiva. Algunos autores, como Prechtel (2015) y Weller (2025), señalan el aspecto colectivo del duelo como aquello que sostiene al individuo para que su proceso reciba apoyo y respeto. El duelo ocurre (o debería ocurrir) cuando enfrentamos una pérdida significativa en nuestras vidas: la de un ser querido, la de un lugar que dejamos o que nos vemos obligados a abandonar, la de un animal no humano que muere, por ejemplo. Sin embargo, en nuestra sociedad occidental, el duelo —que es un proceso lento y doloroso— se reprime, ya que la exigencia de hiperproductividad, crecimiento y progreso son imperativos que transforman el tiempo en dinero, sin dejar espacio para la «tristeza». Hoy en día añadimos una capa de complejidad a dicho proceso, ya que vivimos un duelo (aunque sea de manera inconsciente) mientras experimentamos pérdidas (causadas por guerras, genocidios, ecocidios y el colapso climático).
Aunque a primera vista pueda parecer inconexo, el estudio sobre el duelo ecológico nos ayuda en este entrelazamiento con el proceso de desaprendizaje. Según Cunsolo y Ellis (2018, p. 275), el «duelo ecológico» es aquel «que se siente en relación con pérdidas ecológicas experimentadas o anticipadas, incluida la pérdida de especies, ecosistemas y paisajes significativos debido a cambios ambientales agudos o crónicos». Las autoras identificaron tres vías de duelo ecológico, siendo la segunda especialmente relevante para el argumento que aquí se desarrolla, a saber: «El duelo asociado con las perturbaciones en los sistemas de conocimiento ambiental y los sentimientos resultantes de pérdida de identidad». Este duelo se produce cuando las personas que tienen una fuerte conexión con su entorno (productores rurales o comunidades tradicionales, por ejemplo) sufren la pérdida de este debido a los cambios climáticos —que pueden manifestarse en forma de inundaciones, sequías extremas, etc.— y que transforman el paisaje de tal manera que el modo de vida de estas personas, intrínsecamente vinculado al ecosistema, deja de existir. En este sentido, lo que se pierde es, al mismo tiempo, un sistema de conocimiento relacional y una identidad.
Lo que tal vez no estemos entendiendo es que, si es el sujeto occidental quien necesita urgentemente pasar por un proceso de desaprendizaje, también estará perdiendo su identidad, aunque esta no se haya forjado en una conexión íntima y relacional con la Tierra. La forma en que el Occidente se constituyó es, obviamente, un sistema de conocimiento. ¿Cómo podemos apoyar a la mayoría de los seres humanos en esta deconstrucción, cuando les decimos: «ahora deben comprender que el ser humano no es excepcional en la Tierra y depende de todas las demás formas de vida para seguir viviendo y que, por lo tanto, tendrán que cambiar su dieta, sus hábitos, la historia que aprendieron, además de descartar los valores de estatus y poder, y dejar de perseguir el progreso como medida del éxito de su trayectoria personal y social»? Todos nosotros, los occidentales, tendremos que reconocer el doloroso pasado de la colonización que corre por nuestras venas, ya seamos descendientes de los colonizadores o de los colonizados: lo que vivimos hoy es una repetición de las cicatrices que cargamos, porque nos negamos a hacer el duelo por nuestro pasado, nos negamos a asumir la responsabilidad.
Quizás lo que realmente necesitamos es (re)aprender a hacer el duelo: llorar por lo que fuimos y ya no deberíamos ser, o por los sueños rotos, ya que ninguno de ellos encaja en un mundo pluriversal y relacional; sentir tristeza por las verdades que se romperán en el camino. La oruga no se convierte en mariposa sin dolor; debemos permitir el dolor. En este proceso, es importante que la cumbuca permanezca vacía por un tiempo. Necesitamos sentir el vacío como se siente el aire fresco del otoño entrando en los pulmones antes de un nuevo amanecer. El espacio que se vacía se abre a las novedades. El duelo nos vuelve a introducir en un ciclo natural de la vida, para que podamos comprender que la transformación es parte de él, y que el duelo solo existe donde hay amor. Amor por la vida: tanto por la vida no humana amenazada por la destrucción humana como por nuestros innumerables Yoes sociales imaginarios. El vacío también trae consigo la dimensión temporal de lo que necesita madurar o transmutarse.
Ambos son viajes que duran toda la vida: el proceso de regeneración de la subjetividad dura toda la vida; al igual que el duelo, que siempre indicará algo que una vez fue y ya no es. Y, en ambos casos, la relación que se establece con cada uno puede ser positiva. Aprender a vivir con el vacío puede ser un regalo: significa tener espacio para la maravilla de lo nuevo. El duelo, por ejemplo, puede traer esperanza e inspirar a la acción, como propone Macy (2020). Me gustaría presentar la Utupia como una contraparte positiva de este proceso.
4. Llenar la cumbuca de nuevo: el proceso utupiano
Utopía es un término acuñado a partir del título del libro de Thomas More de 1512, formado por las partículas griegas «óu» (no) y «tópos» (lugar). En su libro, More describe una sociedad ideal y armoniosa, libre de injusticias. Si bien literalmente la palabra significa «ningún lugar», conlleva una connotación de fantasía, de una idea inalcanzable por su nivel de idealización, como una especie de «perfección». Aunque el término «utopía» se ha utilizado de manera peyorativa para descartar proyectos que apuntan a resultados altamente positivos («imposibles»), más recientemente ha resurgido como un recurso para estimular nuestra imaginación hacia alternativas más positivas y oníricas de nuestras realidades y futuros. Por lo tanto, la utopía es una fuerza impulsora hacia futuros mejores.
En 2024, propuse la acción de crear utopías como posibles salidas del presente distópico que hemos estado imaginando, reproduciendo y viviendo durante décadas, como futuras «imágenes de mundos regenerados que nacen de las ruinas, mientras están presentes en medio del caos y la transición» (Michelin, 2024, p. 99). Por lo tanto, las utopías no deben verse como escenarios imposibles e inalcanzables, sino como imágenes y narrativas orientadoras que impulsan el movimiento colectivo y el cambio hacia versiones regeneradas (en el sentido eco-decolonial del término) de nuestros futuros. Utupia surge de esta comprensión, vinculando este proceso a un movimiento doble: hacia adelante, hacia el futuro, y hacia atrás, hacia el pasado. Esto se debe a las filosofías indígenas de Brasil, que nos enseñan que «el futuro es ancestral» (Krenak, 2022).
La alteración del término «utopía» a «uTUPIa» es intencional, con el fin de incorporar al pueblo tupí como fuerza motriz; es decir, la ontología y el conocimiento de origen Tupí, uno de los grupos ancestrales más grandes de Brasil. Para los pueblos indígenas de Brasil, al igual que en otros territorios, toda existencia es interdependiente, y la vida es una obra colectiva protagonizada por humanos y no humanos, seres vivos y no vivos, en la que el sueño y el acto de soñar desempeñan un papel decisivo. Soñamos la realidad que creamos juntos. En este sentido, Utupia es un acto encarnado de soñar y crear realidad, no un plan imposible o inalcanzable, sino una fuerza que surge de nuestra vida interdependiente. La inspiración indígena busca presentar a Utupia como un concepto más complejo, como «un no-lugar que es al mismo tiempo presente, pasado y futuro, que rescata la ascendencia salvaje […] donde todo, desde la partícula más pequeña hasta el macrocosmos, forma parte de la misma naturaleza» (Michelin, 2024, p. 100).
Utupia es un mecanismo para soñar y actuar en la creación de futuros que están profundamente conectados con nuestro pasado, con quienes fuimos antes de que se extendiera el paradigma occidental. Así, el mecanismo complementario al duelo surge como un proceso de imaginación de futuros anclados en la sabiduría pluriversal de la naturaleza que todos somos. Este proceso creativo nos ayuda a procesar las pérdidas con esperanza, pero de manera crítica, adoptando formas como imágenes, escenarios, narrativas, rituales, poesía, danza, etc., muy en la línea propuesta por Nassiri-Ansari et al. (2025). Las Utupias convierten el duelo en esperanza a través del desaprendizaje de las opresiones del occidentalismo.
Consideraciones finales
Este es un ensayo inicial que aborda parcialmente tres temas de considerable complejidad. La intención aquí no fue explorar estos universos en profundidad, sino más bien esbozar posibles conexiones. Actualmente, mi investigación se centra precisamente en el lado subjetivo de la regeneración y en el proceso del duelo, con futuras contribuciones en desarrollo. Aún quedan conexiones por establecer con los universos de la psique, como las que establece Dryža (2020) cuando habla de trabajar con los arquetipos de Jung. Por ejemplo, podríamos utilizar el arquetipo del Sanador para articular nuestros tres conceptos: «La verdadera marca de un Sanador es la capacidad de crear, catalizar y canalizar un cambio duradero y beneficioso» (Dryža, 2020). No obstante, decidí dejar aquí este fruto aún verde para que otras personas puedan explorarlo, si sienten la misma curiosidad.
Es relevante señalar el potencial de tales procesos para presentar una fuerza de resistencia contra la creciente opresión de los sistemas occidentales de usurpación y control. Es precisamente porque estos sistemas se están derrumbando que debemos soñar con mundos nuevos y mejores en los que vivir. Como nos recuerda Krenak (2019), necesitamos «sostener el cielo» alegrándonos, bailando, soñando y ampliando los espacios de nuestras existencias interdependientes. Crear utupias es una forma no solo de resistir la opresión y la locura impuesta, sino también de sembrar nuevos futuros.
Entiendo que, dados los desafíos actuales, la materialización de futuros nuevos y regenerados dependerá de la acción individual y colectiva, en todas las esferas en las que podamos actuar, desde los dominios moleculares de la subjetividad hasta las macroestructuras de nuestras sociedades en ruinas. Los espacios deben vaciarse primero y luego rellenarse con contenidos regenerativos. Macy (2020) aporta esperanza en su faceta activista, es decir, una esperanza activista que impulsa la acción. Pretchel (2015) aboga por la poética de la Alabanza, reconectando el duelo con la red de la vida como amor. Otros recurren al arte para procesar las pérdidas y mirar hacia adelante (Lindström, Jönsson y Hillgren, 2021; 2024). En esta misma línea, veo el ejercicio de crear Utupias. Así, el sueño, la imaginación, la esperanza y la Utupia permiten un avance más concreto hacia estos futuros regenerados, eco-decoloniales.
Referencias
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Dryža, K. (2020). Una mirada arquetípica a esta época de cambio. En Journal of Future Studies. Obtenido de https://jfsdigital.org/2020/03/25/an-archetypal-eye-on-this-time-of-change/
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Hart, D. O. (2025). ¿Es hora de desaprender el desaprendizaje?: Más allá de las conceptualizaciones neoliberales hacia acciones transformadoras e interseccionales. Teaching and Teacher Education, 171, 105347. https://doi.org/10.1016/j.tate.2025.105347
Jain, M. (2005) Shikshantar: El Instituto Popular para Repensar la Educación y el Desarrollo. Journal of Futures Studies, agosto de 2005, vol. 10(1), 115-118. Obtenido de https://jfsdigital.org/wp-content/uploads/2014/01/101-E06.pdf
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Weller, F. (2025). El borde salvaje del dolor: rituales de renovación y la labor sagrada del duelo. North Atlantic Books.
- «Terra preta de índio» es el nombre popular que se le da al suelo, muy negro y muy fértil, de algunas zonas del bioma amazónico, generado a lo largo de siglos de vida indígena en la región, especialmente durante el período anterior a las invasiones coloniales a finales del siglo XV. Aquí, el término se utiliza para aludir a las filosofías indígenas de Brasil. ↑
- Existen varios términos que se utilizan para nombrar y caracterizar el paradigma y el proceso civilizatorio impulsado principalmente desde la «descubrimiento de las Américas» y Europa tras las invasiones coloniales: moderno, eurocéntrico, andro-, falo- o antropocéntrico, logocéntrico, occidental, entre otros. En mis trabajos anteriores había utilizado «euroantropocéntrico», pero para simplificar, aquí adoptaré el término «occidental». ↑
- «Cumbuca» (kui’mbuka) proviene de la lengua tupí, una de las lenguas raíces de los pueblos originarios de Brasil, y significa «tipo de calabaza». Podría usar «tazón» como equivalente moderno, pero el ejercicio que te propongo es que te imagines a ti mismo como un recipiente ancestral, uno que pueda conectarte con tu ascendencia, tus raíces y tu sentido de identidad. ↑
- En otros trabajos (Michelin et al. 2021) adoptamos la perspectiva guattariana de una subjetividad procesual, la cual también subyace a la concepción aquí planteada. No obstante, adentrarse en el universo de Deleuze y Guattari complicaría excesivamente este artículo, por lo que he optado por mantener su influencia en un segundo plano. ↑
- El enfoque se nutre de varias referencias relacionadas con la epistemología de la complejidad, como Maturana, Morin, Haraway y Bateson; múltiples referencias del movimiento descolonial, desde figuras clave como Césaire, Quijano, Segato y Mignolo, hasta aquellas vinculadas al campo del diseño, como Borrero, Escobar, De la Cadena y Oliveira e Prado; así como autores indígenas como Krenak, Jecupé y Kambeba, entre otros. Esto significa que este enfoque se basa en las contribuciones de todas estas referencias, aunque no se citen directamente en este artículo. ↑
